En el ascensor




Lo implícito supera a lo explícito, pensaba mientras el ascensor descendía con una lentitud exasperante. A veces una mirada o unas pocas palabras disparan el morbo mucho más que horas de películas porno... los pequeños detalles son los responsables de las más encendidas fantasías, concluyó satisfecho.

Los pensamientos de Pablo se detuvieron abruptamente cuando ascensor paró en seco entre el piso sexto y el quinto. Cuatro personas ocupaban el cubículo revestido en impecable acero inoxidable.
Por suerte no se cortó la luz, dijo una rubia bien distribuída de unos veinticinco años. Y menos mal que el ventilador sigue funcionando, agregó el hombre mayor vestido con un elegante traje azul noche. Una vestimenta tan formal no es apta para esta situación de encierro, dijo para sí la cuarta ocupante, una cincuentona con los pechos recién operados. Pablo dedujo que estaba estrenando pechos porque las recién operadas inevitablemente se resisten al sujetador, al menos los primeros meses y está no era la excepción.
Cuando no había transcurrido aún un minuto de la inoportuna detención, salvo el hombre de traje azul, el resto tenía su respectivo celular en la mano. La rubia escribía en forma casi frenética, quizá pidiendo ayuda o quizá avisando a su novio o a su amante que llegaría tarde a la cita. En la pantalla del móvil de la cincuentona, una mujer con un collar de cuero ceñido a su cuello devoraba el miembro de lo que parecía ser un soldado. Por la posición en la que estaban distribuídos era altamente improbable que Pablo no viera lo que la mujer tenía en su pantalla y era más improbable aún que ella no lo supiera, indudablemente la alevosa elección había sido totalmente premeditada. Ese pensamiento hizo responder al miembro de Pablo en forma inmediata lo cual sólo representaba una molestia más en una situación molesta; hacia mucho tiempo él se había prometido jamás ceder a ningún juego histérico, por más que en ocasiones, tal como esa, mantenerse al margen le resultaba casi imposible.

Tan imprevisiblemente como se detuvo, el ascensor continuó repentinamente su descenso cansino hasta la planta baja. Un instante antes que por fin se abriera la puerta, la dama de los grandes pechos sacó de su bolso un collar de cuero, se lo ajustó al cuello y con paso tranquilo abandonó el edificio. Quizá nadie mas que Pablo advirtió ese movimiento, pero esa simple escena le quedó dando vueltas en la cabeza durante muchos días.


Comentarios

  1. Mmm...a saber cuáles eran los pensamientos de Pablo con esa mujer del collar...debe haber segunda parte, me quedé con la intriga!!😍😋

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    1. Apenas se me ocurra algo lo escribo. Prometido. Besos

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  2. Mi querido Pablo!!!!!!
    Es una alegría leerte de nuevo!!!!!! Me encantan tus historias, ya lo sabes, y la forma cómo las cuentas. He leído algunas entradas anteriores y espero, no volver a perder el contacto por este medio, últimamente soy un desastre con el blog, jaja!!
    Un abrazo inmenso con cariño!!!!!! :)

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    1. Ya el gusto por el blog no es lo que era entonces. Supongo te sucede igual y es por eso que uno permanece alejado.
      Gracias por volver de vez en cuando.
      Besos querida Estrella.

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